El culto a las palabras o el placer de aprender

Hace unos días compartíamos un artículo de Juan Tallón publicado en El Progreso, titulado Leer el diccionario. Hablaba del hábito, que ya parece tan antiguo, de acudir al diccionario y destapar palabras extrañas que olvidabas al poco tiempo porque nunca encontrabas la ocasión idónea para usarlas. Continuaba el autor, citando una anécdota sobre Cortázar: “Pero qué le ves al diccionario”, le preguntaban al argentino cuando era pequeño y hurgaba en su Pequeño Larousse a cualquier hora, “todo”, respondía.

Poco después, encontramos en las redes otro artículo, esta vez de Rodrigo Fresán, en el que nos contaba que cuando era chico, lo único que deseaba era que le regalaran los 12 tomos de Lo sé todo. Escribía: “Sí, amigos: hubo tiempos extraños y cada vez más lejanos en que los niños soñaban con recibir —para cumpleaños o navidades— una enciclopedia. Obsequio insuperable. Sin baterías ni electricidad, solo papel y tinta. Lo sé todo —imponente proyecto de la editorial Larousse de la que ya poseíamos por mandato escolar el “Pequeño Larousse ilustrado”, que venía con dibujitos en los márgenes, pero que no era pequeño y pesaba lo suyo en el maletín— prometía desde su soberbio título la suma toda de los conocimientos del universo al alcance de la manito”. Y continuaba “La orgásmica felicidad que eran y siguen siendo los libros (su peso y su olor y su forma) para quien escribe esto. No conozco ningún pequeño que, hoy por hoy, desee que le regalen algo tan grande y que ocupe tanto espacio. Ahora, el deseo del cosmos todo cabe en la palma de la mano y está a un par de pulgadas y pulgares de distancia“.

Tres días después, descubrimos otro artículo, esta vez de Ricardo Bada, titulado El Seco, español a secas, en el que el autor confesaba ser un apasionado lector de diccionarios, y uno de mis predilectos lo leí de cabo a rabo apenas aparecido en 1999: les hablo del Diccionario del español actual, dos gruesos volúmenes con un total de 4.638 páginas y que ya se conoce como “el Seco”, la más alta distinción que le cabe a una obra semejante, en este caso la de don Manuel Seco, de la Real AcademiaEs el mismo caso del “María Moliner” o “el Casares”, y también de “la Larousse” o “el Espasa”, bien que en estos dos últimos casos les rindamos pleitesía a las heroicas editoriales que coronaron tales tareas de titanes.

El culto a las palabras y al lenguaje, aprender por la sola satisfacción de aprender y la adquisición de nuevos conocimientos por simple placer, subyace en estos textos, pero no es lo único que tienen en común. Hay otra cosa, algo que nos llena de orgullo y muestra que nuestros libros siguen siendo obras de referencia: en todos estos artículos se citan diccionarios y enciclopedias Larousse.

Nuestro más sincero agradecimiento tanto a estos autores como a todas las personas que día a día siguen utilizando nuestras obras, ya sea en papel o a través de las consultas on line en diccionarios.com, diccionaris.cat o en cualquier otra actualización en línea que ponemos a disposición de los usuarios como la de El Pequeño Larousse Ilustrado.

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