Hoy se cumple el centenario de la aparición del mítico TBO

“Aunque poco a poco va cayendo en desuso, el nombre con el que yo aprendí a llamar a esos cuadernillos con viñetas que me sorbían los sesos era «tebeo», un término absolutamente hegemónico en España hasta que en los años 80 se quiso actualizar el contenido y la denominación del medio popularizando el procedente del inglés cómic. Como puede que a estas alturas ya haya muchos lectores que no lo hayan conocido, no está de más indicar que «tebeo» venía de TBO, una de las revistas del ramo de más éxito en la historia de España.

Fundado en 1917, TBO tenía un estilo propio y diferenciado de la dominante Bruguera, que lo hacía más parecido a una revista familiar profusamente ilustrada que a un tebeo (irónicamente) de historieta pura. Digámoslo sin ambages: en los años 70 era un producto ya muy anticuado. Pero en parte era ese aire venerable, como de señor barbudo y mayor con pantalones cortos, lo que lo hacía entrañable. TBO era una revista que se leía por piezas: algunas se omitían y otras eran codiciadas. Es decir, se leía como comen los niños, escarbando y eligiendo lo más goloso. A mí me encantaba rebuscar entre sus páginas mis secciones favoritas. Por ejemplo, los minimalistas chistes en dos viñetas de Josechu el vasco, un goliat con txapela de gags sencillos y nobles que casi flotaba con la liviandad del trazo de Muntañola. O la página «De todo un poco», que era una colección de microtextos donde se amontonaban sin ningún orden chistes breves y curiosidades del mundo, la cual no había que leer de principio a fin, sino picando en ratos sueltos. Pero de todas las secciones heterodoxas, ninguna hubo más peculiar y representativa de la revista y ninguna caló tanto en la sociedad, la cultura y hasta el habla popular como Los inventos del TBO, que a partir de cierto momento fueron atribuidos a una autoridad extranjera, el profesor Franz de Copenhague, sin duda para darles más verosimilitud, ya que es bien sabido que en España nos adherimos fervientemente al lema «¡Que inventen ellos!».

Los inventos del TBO no eran exactamente historietas, sino una curiosa mezcla de texto e ilustración, en la que se ofrecían representaciones de estrambóticos dispositivos que resolvían aparatosamente problemas muy sencillos. Eran la materialización de «matar moscas a cañonazos». En ocasiones iban acompañados de complicados diagramas que hacían más plausible su funcionamiento, especialmente cuando el dibujante encargado de trazarlos era perito mecánico, como en los casos de Nit y Sabatés. Aparte de estos, también Benejam, Tínez y Tur se encargaron de concebir estos ingenios que gozaron de tal popularidad que se prolongaron desde su primera aparición en 1922 hasta la desaparición misma de TBO en 1983.

Su inspiración original sin duda estaba en Rube Goldberg (1883-1970), un ingeniero norteamericano que se dedicó a la historieta en la prensa de principios del siglo xx y que alcanzó un éxito universal con los inventos del profesor Lucifer Gorgonzola Butts, especializado en máquinas absurdas. Aunque ha habido quien ha querido ver en estos inventos de tebeo una crítica a la mecanización y el progreso, yo me alineo con mi profesor Juan Antonio Ramírez, quien sostenía que en ellos se muestra más bien la admiración por la invención popular y el ingenio vernáculo. De hecho, Ramírez los relacionaba directamente con lo que él llamó los «escultectos margivagantes», es decir, los artistas marginales capaces de desarrollar por sí solos y sin educación formal complicadas obras de arquitectura o ingeniería, y uno de cuyos ejemplos más famosos en España sería Justo Gallego, autor de la catedral de Mejorada del Campo.

Hagamos una precisión cuando hablamos de «popular», y es que, si bien podemos aceptar a Los inventos del TBO como expresión de esa especie de talento colectivo y anónimo de las masas, tampoco podemos olvidar que el cómic era desde su nacimiento un medio burgués, y el TBO, de forma más acentuada, era un medio que proyectaba la mentalidad de la burguesía catalana con aspiraciones. Es por eso que muchas veces los inventos no resuelven problemas perentorios, sino que más bien atienden a aumentar la comodidad y el lujo de las clases pudientes. Por ejemplo, cómo proteger la caja fuerte contra ladrones, cómo freír un huevo o cascar una nuez con limpieza, cómo evitar que las doncellas rompan la vajilla, cómo guillotinar los puros o cómo echar las visitas molestas. Si bien es indudable que hay cierta crítica social en muchos de estos casos, también es cierto que a veces los textos se manifiestan con un lenguaje inequívoco, como en este ejemplo que plantea un problema muy de señora bien, o al menos de señora bien de zarzuela: «Muchas señoras suelen quejarse de que las muchachas de servicio, sobre todo las recién llegadas de los pueblos, comen exageradamente». En el mismo, se explica sumariamente la diferencia entre «la mujer fea y la mujer bella»: «La gordura exagerada proviene de comer demasiado. Una mujer gorda es fea y le cuesta encontrar novio (las gordas solo gustan a los aldeanos)». Tras dar algunos consejos sobre cómo hacer que la muchacha adelgace, la página remata con una nota de arte y cultura clásica: «La Venus de Milo llegó a ser el símbolo de la perfección femenina porque comía poco».

A veces, volver sobre historietas de hace unas décadas nos sirve para hacer valiosísimas catas sociológicas que nos ayudan a en- tender mejor de dónde venimos. En el TBO, el retrato colectivo más directo y actual estuvo en las estampas de Opisso y en La familia Ulises de Benejam, pero Los inventos también nos dejaron una imagen muy certera de la fruición y el pánico (alternativos o simultáneos) con los que la clase media percibe los cambios constantes que introduce en su vida una tecnología imparable, invasora e imprevisible. En resumidas cuentas, cómo recibimos la modernidad”.

Texto extraído del libro Cómics sensacionales de Santiago García.

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