Alfred Hitchcock presenta

El 13 de agosto de 1899 nacía Alfred Hitchcock, un genio que nos dejó grandes títulos del séptimo arte como «Vértigo», «Psicosis» o «Con la muerte en los talones». Pero el cineasta también dejó su huella en la televisión, con la serie «Alfred Hitchcock presenta», que en Estados Unidos se emitió entre 1955 y 1962.

Hitchcock La vida va en serie Larousse

En «Un cordero que llevan al matadero», episodio 28 de la tercera temporada de «Alfred Hitchcock presenta». una ama de casa (Barbara Bel Geddes no soporta la idea de que su marido la abandone por otra mujer y le propina un golpe mortal en la cabeza con la pierna de cordero que iba a cocinar. El punto de partida de este relato, basado en un cuento de Roald Dahl, no es especialmente original en sí mismo , sí lo son el desarrollo y el desenlace. La mujer es interrogada por un onspector para corroborar o no su versión de los hechos: ella ha preparado la escena del crimen para que parezca un asesinato cometido por alguien que entró a robar en la casa mientras ella había salido a comprar verduras. Entre pregunta y pregunta, la protagonista invita al inspector y al resto de agentes a comer la suculenta pierna de coordero cocinada durante el interrogatorio. La risa añadida de la mujer en el plano final no tiene desperdicio; los policias acaban de zamparse el arma del crimen después de comentar que el objeto con el que el marido fue golpeado aún debe estar en el apartamento.

En «Colapso», séptima entrega de la primera temporada, un individuo (Joseph Cotten) tiene un accidente de coche en una carretera rural. Aunque no fallece, queda en un estado similar al de la catalepsia aguda, incapaz de hablar ni de mover un solo músculo. Lo encuentran primero unos individuos que le roban la ropa. Después llega la policía y la ambulancia. Todos lo dan por muerto. El episodio, tan angustiante como el relato de Edgar Allan Poe sobre el entierro en vida de un hombre, consiste en lo que ve el inerte protagonista combinado con su voz interior. Al final consigue verter una lágrima, la única forma que tiene de comunicar que está vivo. En este caso, el aranque es más interesante, pero sigue siendo el desenlace, tras un tenso clímax visualizado con los mínimos elementos, lo que otorga entidad a la historia.

Así funciona toda la serie: ideas originales o más banales, desarrollos de prestidigitación narrativa (la mujer, el policía y un solo decorado en el primer episodio descrito; un hombre inrte en un coche accidentado en el segundo) y sorprendente resolución en sintonía con el ingenio argumental que caracterizó la obra de Hitchcock. Siendo una serie estupenda por sí misma, supone además un hito en la relación entre cine y televisión. Cuando Hollywood aún andaba enfrascado en inventar nuevos formatos y artilugios para hacer la competencia a la televisin, después de que la pequeña pantalla le hubiera hurtado espectadores -Cinemascope, Vista Visión, 3D, Cinerama, Odorama, Color de Luxe-, Hitchcock fue el único en entender que ambos lenguajes podían complementarse y que la televisión ofrecía aspectos interesantes que no iban en detrimento del propio lenguaje y espectáculo cinematográfico. Creó así una serie fiel a su estilo (precisa mezcla de humor negro y suspense) pero a la vez adaptada a las reglas televisivas. Dirigió 17 de los 268 episodios totales -entreellos los dos citados, auténticas obras maestras del relato corto como lo son, en plano literario, los cuentos de Francis Scott Fitzgeraldy Raymond Carver- además del cuarto de la siguiente «La hora de Alfred Hitchcock» (1962-1965). Demostró que la televisión podía ser un aliado antes que un rival, o bien hizo buena la máxima de que si no puedes combatir a tu enemigo, lo mejor es aliarse con él.

Además, también aprendió mucho del nuevo medio y lo utilizó en la evolución de su cine. En 1960 dirigió «Psicosis» en blanco y negro, formato cuadrado y fotografía de John L. Russell, el operador de sus trabajos televisivos. Fue un punto de inflexión en los modos de trabajar de Hollywood. El gran imperio cinematográfico, en plena recesión del denominado sistema de los estudios, debía asumir que los tiempos habían cambiado, y Hitchcock marcó la línea realizando un film que, en su concepto visual, tiene tanto de televisivo como de afín a los nuevos cines europeos del momento (Nouvelle vague, Free cinema). No es de extrañar que el plano final de la mujer riendo de «Un cordero que llevan al matadero» sea la antesala del más inquietante Anthony Perkins con mirada enloquecida en la última imagen de «Psicosis»; que otro de los capítulos de la serie, «El secreto del señor Blanchard», recuerde a «La ventana indiscreta» (1954) al narrar la historia de una mujer convencida de que un vecino ha matado a su esposa, o que abunden las tramas sobre cadáveres molestos y cómo deshacerse de ellos, lo que nos lleva a «Pero, ¿quién mató a Harry?» (1955), la gran comedia macabra del director.

El otro gran detalle cómico reside en las presentaciones de Hitchcock. Si en la mayoría de sus films tiene una breve aparición, no iba a ser menos su presencia en la serie de televisión. Los guionistas le escribían irónicas presentaciones a su medida que él interpretaba con tono autoparódico y decorados variopintos: en una tienda de comestibes o en la cubierta del transatlántic S. S. Hitchcock, en batín frente a un espejo oval o con birrete de letrado. Esto, la inconfundible silueta del director dibujada antes de los créditos y la reconocible sintonía inspirada en un fragmento de «Marcha fúnebre por una marioneta», de Charles Gounod, nos ponía sobre aviso. Después, durante treinta minutos, gozábamos de un destilado semanal del mejor Hitchcock, fuera él u otros quienes dirigieran cada episodio.

Este fragmento pertenece al libro de Quim Casas «La vida va en serie».

Imágenes: TuendeBede / skeeze

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