¿Debo ser cauto al expresarme en Twitter?

Vuelves a ser tendencia. Ni te habías imaginado que ese meme burlón sobre un culto religioso pudiera hacerse viral, y ahora los abogados de esa secta, con contactos en las altas esferas, te amenazan con todo tipo de perjuicios legales. Pero este es un país libre, ¿verdad? Puedes decir lo que quieras, ¿no?

La libertad de expresión se ha consagrado durante mucho tiempo como un principio fundamental de la sociedad democrática. La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos la garantiza, lo mismo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que cubre tanto la comunicación hablada como escrita, sea cual sea el medio. Sin embargo, como ocurre con toda acción, se suele pensar que la libre expresión requiere límites si se quiere proteger al público.

La obra Sobre la libertad (1859), de John Stuart Mill, concede un gran espacio a defender el valor del discurso libre. En una sociedad democrática, los que están en el poder, representantes de la mayoría, a menudo se ven tentados de suprimir todo aquello que consideren opiniones extremas, inmorales o dañinas, o bien simplemente opiniones con las que no están de acuerdo (sobre la base que sea). Sin embargo, aparte de hacer la sociedad menos libre, suprimir esta disidencia es dañino de otras maneras.

Mill considera estas tres como las principales: (1) La visión discrepante puede ser cierta, y suprimirla priva a la mayoría de la oportunidad
de que se corrijan sus propias visiones falsas. (2) Incluso si la opinión de la minoría es falsa, la visión (correcta) de la mayoría se ve fortalecida porque tiene que defenderse, y así aprendemos más sobre por qué esta visión es correcta. (3) También puede ser que tanto la visión de la mayoría como la de la minoría tengan algo de cierto —que ambas sean «verdades parciales»— y que una discusión libre nos dé una imagen de conjunto de la que ambos bandos, y la sociedad en general, se beneficiarán.

Estos parecen argumentos sensatos, incluso convincentes. Pero ¿qué hay entonces de los límites?

Daño y ofensa

En comparación, Mill dedica poco espacio a los argumentos para limitar la libertad de expresión. En parte será porque pensaba que, en su sociedad, la libertad de expresión estaba en peligro, pero también porque las justificaciones a la limitación de la libertad de expresión eran menos que las tendentes a protegerla. La única base, según argüía, era la de proteger a
alguien de un daño, que debería concretarse en un peligro grave (por ejemplo, la incitación a la masa para el saqueo de la casa de alguien), o en protegerlo de la calumnia y de la injuria (falsedades escritas o habladas que dañan la reputación de una persona). Más allá de esto, no importaba lo repugnantes que fueran las visiones que se expresaran, ni las ofensas personales que se causaran: cualquier restricción de la libertad de expresión comportaría un daño mucho mayor para la misma libertad.

Podría decirse que el problema de la visión de Mill es que infravalora el daño sutil que pueden provocar las falacias. Por ejemplo, las visiones racistas o sexistas tal vez noconstituyan incitación a la violencia, ni calumnias, ni injurias, pero aun así pueden ayudar a extender las actitudes generales de intolerancia y fanatismo, que eventualmente podrían causar un daño real. Mill contrapondría que visiones incorrectas como esas no harían otra cosa sino fortalecer las mayoritarias (no sexistas, no racistas), dado que estas deberían justificarse racionalmente contra las falsedades. Pero de esta manera, ¿acaso no sobrevaloraríamos la habilidad general de las personas para analizar las opiniones? En otras palabras, esa visión de la naturaleza humana y de la sociedad contemporánea resultaría demasiado optimista y se vería distorsionada por un énfasis en la formación y en el
raciocinio a todas luces excesivo.

El filósofo estadounidense Joel Feinberg (1926-2004) propuso que los límites de la libertad de expresión fueran más allá que el simple «daño» y planteó el caso de lo que ha dado en llamarse el principio de ofensa. En un experimento de pensamiento, Feinberg imaginó un «viaje en autobús» durante el cual presenciabas hechos diversos que te llevaban a sentirte molesto, disgustado, ofendido, apurado, avergonzado, iracundo… Las emociones negativas eran todavía más, pero ninguna te causaba un «daño» tal como Mill lo definía. Lo que Feinberg quería evidenciar es que por lo menos alguna de estas acciones ofensivas debería criminalizarse, porque las personas también deberían estar protegidas de la ofensa o del malestar
(es decir, del «daño» en su acepción amplia). La mayoría de las sociedades liberales, de hecho, protegen al público de esta manera.

En muchos lugares no puedes andar desnudo por el centro de la ciudad ni mantener relaciones sexuales en el colmado de la esquina. Y sin embargo, la «ofensa» de Feinberg aún resulta mucho más difícil de definir que el «daño» de Mill. Como ocurre con la «tendencia a depravar y corromper» la mente de personas susceptibles —en el llamado Hicklin Test de la legislación inglesa sobre obscenidad—, la capacidad de algo para ofender al final siempre resulta subjetiva y variable. Esta legislación sobre obscenidad
ha reflejado, en el último siglo y medio, los cambios en las actitudes públicas, y muchas obras que en su día estuvieron prohibidas por su contenido «inapropiado» o «inmoral» —Ulises de Joyce, El amante de lady Chatterley de D. H. Lawrence—han entrado en el canon de la literatura clásica. Según el parecer de algunos, la censura, especialmente en la era de las fronteras abiertas y de internet, sería algo tan pasado de moda como el Index Librorum Prohibitorum del Vaticano, que pretendía prohibir y erradicar publicaciones que pudieran corromper la moralidad del rebaño,
y que quedó abolido en 1966. Feinberg intentó identificar principios que ayudarían a decidir si la ofensa sería suficiente para la criminalización —el alcance del discurso, su duración, lo fácil que resultaría para los demás evitarlo, etcétera—, pero aun así parece una norma demasiado amplia y difícil de manejar como para aplicarla.

El dilema de la libertad de expresión

Según otros, el hecho de que internet lo ponga más fácil a la hora de compartir tus opiniones justifica una vigilancia mayor, no menor. Un caso concreto sería el del discurso del odio, esto es, un ataque hacia una persona o grupo que posea ciertas características definidas (género, raza, religión, orientación sexual, etcétera). Los Estados Unidos tal vez sean los que van más lejos a la hora de permitir dicho discurso, siempre que no exista amenaza inminente de daño físico, pero en la actualidad muchos países limitan severamente lo que pueda expresarse en este sentido, llegando a imponer multas o pena de cárcel. Tus comentarios sobre esa secta religiosa podrían llegar a contemplarse en dicha legislación, o incluso —si dicha secta disfruta de un estatus religioso— podrían aplicársete leyes contra la blasfemia, y en los años recientes se ha producido un aumento de juicios por estos temas, incluso en sociedades tradicionalmente liberales.

Glenn Greenwald (n. 1967), escritor estadounidense a quien preocupa la temática de la censura y de la vigilancia, escribe en la web Salon.com que dichas legislaciones no solo resultan de un autoritarismo preocupante, sino que además nunca conseguirán su objetivo. En lugar de eso, la censura solo
logrará que las opiniones particulares se vuelvan subterráneas, de modo que subsistan, y aún peor, sin debate ni discusión. La solución de Greenwald, por tanto, es similar a la de Mill: para combatir las opiniones
extremas no solamente tenemos que permitirlas, sino que debemos implicarnos para dilucidar sus errores. Pero obrando de este modo, ¿no queda uno expuesto a las mismas objeciones? ¿No serán más las personas influidas u ofendidas por la incitación al odio que las dispuestas a —o
con capacidad de— rebatirla racionalmente?

Un texto extraído del libro ¿Qué haría Marx…? sobre cómo los grandes pensadores políticos resolverían tus problemas cotidianos.

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