¿El «trabajo de las mujeres» vale menos?

Podemos encontrar mujeres haciendo todo tipo de trabajos y ejerciendo cualquier carrera profesional en la mayor parte del mundo. Hay presidentas, cirujanas, físicas nucleares, conductoras de camión y soldadoras. A primera vista, puede parecer que las mujeres disfrutan de las mismas oportunidades de trabajo, con igualdad salarial. Así pues, ¿a qué viene tanto jaleo?

Muchas feministas han llamado la atención sobre el hecho de que los trabajos que son vistos como principalmente «femeninos», como las profesiones asistenciales y los empleos de apoyo (limpiadoras, monitoras de comedor o personal de cafetería), ofrecen niveles de sueldo más bajos. En cambio, si un trabajo pasa de ser realizado principalmente por mujeres a ser hecho por hombres, las escalas salariales aumentan drásticamente, como sucedió en el mundo de la programación informática. Y, si las mujeres empiezan a penetrar en una profesión en masa, el Global Gender Gap Report (Informe global sobre la brecha de género) de 2017 indicaba que disminuyen las prestaciones complementarias al salario en esa la profesión. Esto significa que, aunque algunos países han legislado para garantizar la igual remuneración por un trabajo de igual valor, parece que el propio trabajo se devalúa cuando la mayoría de trabajadores está compuesta por mujeres.

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La idea de que el «trabajo de las mujeres» vale menos ha existido desde que las mujeres irrumpieron en el mercado laboral capitalista, y a menudo les ha tocado a las feministas socialistas llamar la atención sobre esta desigualdad. En 1909, una inmigrante rusa llegada a EE. UU., Clara Lemlich (1886– 1982), convenció a más de 20 000 mujeres que fabricaban camisas para hacer huelga por un mejor salario, señalando también las largas jornadas laborales, la masificación y el trato humillante que las mujeres recibían de los encargados. A pesar de su éxito, una empresa —Triangle Shirtwaist— se negó a implementar las reformas demandadas por las
huelguistas y su sindicato. Dos años después, la fábrica se incendió, matando a 146 trabajadoras que estaban atrapadas en el recinto.

Triangle Shirtwaist se convirtió en sinónimo de las condiciones laborales de una «fábrica explotadora» durante varios años, y las mujeres de hoy en día continúan luchando por las mismas condiciones que Lemlich en 1909. En 2012, los incendios en fábricas de Karachi y Lahore, en Pakistán, mataron a
cientos de trabajadores —principalmente mujeres— en plantas que estaban masificadas y carecían de seguridad o de equipos de extinción de incendios, con salidas de emergencia cerradas o bloqueadas, y ventanas con rejas.

Este texto ha sido extraído del libro ¿Qué haría De Beauvoir…?

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