Feliz 20 aniversario, Tony Soprano

Una de las series más míticas de la televisión cumple años con la ausencia destacada de su inigualable protagonista. James Gandolfini nos dejaba huérfanos en 2013 con tan solo 51 años.

En la secuencia de apertura del primer episodio de Los Soprano (recuerden, la «p» en forma de pistola automática boca abajo en los títulos), Tony Soprano observa curioso la estatua de una mujer desnuda. La cámara se aproxima al rostro de la escultura y a la cara de Tony, tan extrañado que parece no haber visto nunca nada semejante. La puerta de la sala de espera en la que está se abre para dar entrada a la doctora Jennifer Melfi, la psiquiatra que va a empezar a tratarle debido al ataque de pánico que ha sufrido. La doctora lo mira y habla con él guardando siempre la compostura. Tony no para de mover una pierna, girar la cara, negar con la cabeza. Está visiblemente incómodo (porque es una psiquiatra, es una mujer, no cree en nada de ello y pensaba que nunca se sentiría así) pero termina por explicarle las sensaciones que ha tenido en los últimos días: cree que ha llegado tarde a todo y tiene la sensación de aparecer siempre al final, cuando lo mejor ha acabado, a lo que Jennifer le responde que esa es la sensación de buena parte de los norteamericanos. Un mafioso, un criminal, un triunfador aparente, cortocircuitado por la neurosis que padece todo el país.

Los Soprano

El episodio transcurre en la consulta de la doctora y se articula mediante las explicaciones por parte de Tony de su reciente pasado: en poco menos de una hora nos enteramos de quién es, de lo que hace realmente, cómo son su esposa, hijos, amigos y colaboradores, que prefiere la segunda parte de El padrino a la primera —un guiño impecable de David Chase a la saga mafiosa de Francis Ford Coppola, ya que El padrino, parte II (1974) es un hito que destroza el tópico de que nunca segundas partes fueron buenas—, su héroe es Gary Cooper porque nunca tendría problemas disfuncionales, fue un semestre y medio a la universidad y mantiene una relación de sumisión/odio con su sinuosa madre, personaje capital en las primeras temporadas.

El diagnóstico de la doctora es claro: Tony Soprano, máxima representación catódica del mafioso italoamericano, está deprimido, necesita Prozac y sabe que le ha tocado representar el papel del payaso triste, riéndose por fuera y llorando por dentro.

Seis temporadas después, tras una sucesión de visitas a la psiquiatra, intrigas familiares, asesinatos, conspiraciones, rivalidades entre clanes de Nueva Jersey, separaciones y reconciliaciones matrimoniales, segundas oportunidades, lealtades truncadas, la tensión sexual entre Carmela y un párroco, el paso del tiempo —tan visible en la relación de Tony y Carmela Soprano con sus dos hijos—, crisis económicas, vigilancias del FBI y un montón de premios Emmy y Globos de Oro para el equipo entero, el último capítulo de la serie, titulado explícitamente «Hecho en América», concluye con la cena del matrimonio con su hijo en un restaurante, los aros de cebolla, la charla trivial y el corte a negro brutal, impecable, en el momento en que la hija entra en el local. Nos quedamos literalmente suspendidos en relación al futuro de Tony, su mundo tantas veces derrumbado y reconstruido. Es un final inesperado, aunque quizá ni tan siquiera sea un final. Rodrigo Fresán lo expresa así en el libro Los Soprano Forever. Antimanual de una serie de culto: «No vemos lo que pasa porque la familia Soprano “tampoco” ve lo que les pasa, lo que les pasó». ¿Qué mejor manera de cerrar una serie —cuando el final satisfactorio de una obra televisiva se ha convertido en cuestión de estado— que negar la sensación clásica de desenlace? ¿Cómo se enfrentan creadores, guionistas o showrunners a una conclusión que satisfaga al máximo número de gente cuando saben que esa misma gente no quiere que termine la serie en cuestión?

Como escribieron Xavier Pérez y Jordi Balló (suplemento «Cultura/s» de La Vanguardia, 17 de febrero de 2010), Los Soprano nos hizo ver que es necesario establecer unos límites para identificar un universo narrativo. La serie constituye una revisitación inteligente y necesaria del relato genérico, cosa que logran también Deadwood (2004-2006) en cuanto al western o Mad Men (2007-2015) en el melodrama, pero no, en cambio, Prison Break (2005-2009) en relación a las historias carcelarias y de evasiones. En Los Soprano, la deuda con el pasado es evidente, y los referentes que maneja Chase son tan amplios que caben el bad boy hollywoodiense James Cagney y los mafiosos realistas de Martin Scorsese, como caben también en su banda sonora el crooner clásico al estilo de Dean Martin y el más moderno y oscuro que representa Stuart Staples con su banda Tindersticks. Chase no cita, sino que integra: en una secuencia muy divertida, al empezar la segunda temporada, un nuevo psiquiatra no acepta tratar a Tony; sabe quién es y le tiene miedo porque ha visto Una terapia peligrosa (Harold Ramis, 1999), la comedia en la que Robert De Niro, el rostro gansteril de Scorsese y Coppola, encarna a un mafioso que también sufre ansiedad y acude al psiquiatra interpretado por Billy Crystal. La ficción tiene estas cosas: Los Soprano debutó en enero de 1999 y el film de Ramis se estrenó tres meses después, demostrando que ya nada podía ser igual en el mundo de los mafiosos.

Pero la referencialidad no ahoga en absoluto el objetivo último de la serie: ser un gran fresco estadounidense centrado en el desmoronamiento de una forma de vida, en este caso la de un gánster que tiene como tapadera una empresa de gestión de desechos. Todo queda en la basura, en la periferia, una vez más, del sueño americano.

CHASE, WINTER Y GANDOLFINI
Nacido en 1945 en Nueva Jersey, también de origen italoamericano (David DeCesare es su nombre real) y fogueado en batallas televisivas diversas —de escribir episodios de Kolchak (1974-1975), comedia macabra sobre fenómenos sobrenaturales, a producir Doctor en Alaska (1990-1995)—, el veterano David Chase dio un vuelco a la televisión con Los Soprano, un concepto único para una historia de personajes clásicos que han alumbrado tantas ficciones, entre trágicas y tragicómicas, del imaginario estadounidense. Chase se reservó como director el primer y el último episodio de la serie, el que lo concentra todo y el que lo finiquita con inteligencia. Terence Winter, en segundo plano, también es vital en la configuración del mafioso televisivo de nuestro tiempo: es el productor y guionista de Los Soprano y creador de Boardwalk Empire (2010-2014). Y por último, aunque no menos importante, James Gandolfini. Buen secundario cinematográfico, encontró en el personaje de Tony Soprano la máxima expresión de su estilo, temperado o vacilante cuando conviene, explosivo y violento cuando toca.

Su muerte en el 2013, a los 51 años, hace inviable cualquier intento
de recuperar el personaje en futuras series o películas, porque Tony
Soprano solo puede ser James Gandolfini.

La vida va en serie - Larousse

Este texto ha sido extraído del libro La vida va en serie de Quim Casas.

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