«Juego de Tronos», por Quim Casas

El crítico de TV nos presenta sus impresiones acerca de la serie que se ha convertido en un fenómeno mundial.

Juego de Tronos La vida va en serie Larousse

Quim Casas asegura que «me he tomado Juego de Tronos como un rompecabezas, ya que he visto episodios enteros, algunos a medias y otros en orden distinto a como se concibieron; he mezclado temporadas, me han contado cosas y he leído teorías para todos los gustos por internet. He de confesat que ello es debido a que no es una serie que me apasione, aunque sí me tiene rodeado. Es imposible no enterarse de que existe (como el fútbol, la Fórmula 1, la corrupción política o los blockbusters del verano) y pasar por alto que en este mundo de ficciones televisivas existen personajes con los nombres de Jon NIeve, Cersei, Tyriony Jamie Lannister o Daenerys Targaryen y sus dragones de fuego. Medio mundo habla de la serie (mi mujer me explica que hoy se han cargado a un personaje relevante, mi hijo me ha hecho destilados totales de algunas temporadas), las redes van llenas de teorías más atractivas/peregrinas que las que puedan desprenderse del relato literario y del catódico, y me entero de que está a punto de empezar un nuevo episodio oyendo la famosa sintonía de la serie procedente del televisor de mis vecinos. No hay pared, por gruesa o débil que sea, que pueda aislar de este auténtico fenómeno que ha llegado a revolucionar las relaciones de la ficción televisiva con el material que adapta (…)

Si no me ha enganchado del todo Juego de tronos, además de por su (bien disimulada) mescolanza entre arty y mainstream, es porque los universos fantástico-medievales tampoco han sido nunca santo de mi devoción, y sagas como las de Conan o El señor de los anillos, distintas, por supuesto, pero coincidentes en algunos elementos, aunque sea vagamente, con el fresco urdido por [George R.R.] Martin, no figuran entre mis preferidas. Ahora bien, Juego de tronos me ha devuelto el aspecto más visceral y virulento de la espléndida película de Paul Verhoeven Los señores del acero (1985), retrato de un Medievo sucio y despiadado. Con todo, encuentro cierta pasión en esta mezcla de épica, fantasía, tragedia, magia, folletín y culebrón; al fin y al cabp, todo se reduce a las luchas de poder entre clanes rivales o miembros de una misma familia, como Dinastía (1981-1989) y tantas otras. Dominique Moisi escribía en un artículo publicado en 2015 en El País: «Los programas de televisión populares de hoy se han convertido en el equivalente de los folletines que comenzaron a aparecer en los periódicos en el siglo XIX. Series como Juego de tronos y Downtown Abbey, al igual que Balzac y Dickens antes que ellas, sirven como fuente de entretenimiento y alimento para el debate«. La violencia bárbara que muestra Juego de tronos (amputaciones, torturas, cuerpos quebrados por mazos y espadas, matanza en una boda…) no es tan distinta a la violencia de nuestro tiempo (drones, ataques terroristas, decapitaciones en directo…).

Anudando y desuniendo personajes entre sí, evocando imágenes vistas o relatadas, queda algo parecido a un mapa flotante de lugares y sensaciones: el asentamiento de Invernalia, allí donde empieza todo; la Torre Sombría, el continente de Poniente y el Mar Angosto, la matanza de la Boda Roja; el envenenamiento del rey en otra ceremonia, la Boda Púrpura; el ejército de mercenarios eunucos; los Caminantes Blancos -los «otros» de todo relato épico-tribal: los hay en Perdidos (2004-2010) o en Wayward Pines (2015)- y su rey, el que hace levantarse a los muertos; los Guardianes de la Noche, que defienden el muro que separa el mundo de las tinieblas, las ciudades libres (como en la antigua Grecia), en las que Daenerys busca apoyo para su causa; los combates de un símil de gladiadores en los reñideros (filmados en la sevillana plaza de toros de Osuna para la quinta temporada); la Casa de Blanco y Negro, el templo donde se puede cambiar de rostro e identidad; el veneno en los labios para besar; el acero Valyrio para fabricar espadas; los amos, esclavas y arpías; las familias incestuosas y las disputas intestinas -como debe ser- por el trono de todo reino; la idea tan simple y efectiva, como es en general la serie a pesar de sus alambicadas tramas y subtramas, de que los bastardos del norte se apelliden Norte y los del sur, Arena; en blanco y en marrón, casi negro, los dos polos sin gamas intermedias.»

Este texto ha sido extraído del libro La vida va en serie.

Imagen destacada: Mauricio Santos

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