La firma en los cuadros

Toda pintura es, ante todo, un objeto. Se trata de un objeto elaborado por una persona —o, en ocasiones, por un grupo de personas— y caracterizado por una técnica que revela su época o incluso las opciones concretas de un artista. Es un objeto, en definitiva, con una historia tanto más larga y compleja cuanto más antigua sea la obra. Si se tiene esto en cuenta, conviene abordar la pintura, en primer lugar, como el objeto que es; en otras palabras, se debe disponer de información relativa a su autor (autoría), a la manera en que se realizó (técnica) y a su pasado (historia).

AUTORÍA Y FECHA

Actualmente, las obras de arte se firman. La valorización de la persona a partir del siglo XIV, así como la idea de que la obra maestra es el resultado de la concepción singular de un individuo genial, contribuyeron a la generalización y, en algunos casos, a la obligatoriedad de la firma. Con el mercado del arte implícito, una obra no autentificada con un nombre y, a ser posible, un gran nombre, ve menguado en gran medida su valor. Discusiones recientes sobre las autorías en el taller de un maestro —por ejemplo, el de Rembrandt— han mostrado en qué medida se puede incrementar o disminuir el valor de un cuadro, no en función de sus propias características, sino de la garantía de que determinado maestro, y no uno de sus ayudantes, lo pintó de principio a fin. Además, a partir de finales de la edad media como mínimo, los cuadros llevan muy a menudo, aunque no siempre, la firma del artista, visible en el lado en que se observa o en el reverso, y, con frecuencia, la fecha de composición. La descripción de un cuadro debe comenzar con estas informaciones.

Firmas contemporáneas


La firma del pintor debe ser discreta en el caso de aparecer en la zona visible del cuadro. De cualquier modo, debe integrarse en la composición, de manera que no constituya un estorbo cuando se contempla. En las obras contemporáneas, es frecuente que la firma aparezca en la parte inferior de la pintura, por lo general en el ángulo derecho. En el caso de los grabados, cuando el dibujante y el grabador no son la misma persona, el nombre del artista que dibujó la obra figura en el ángulo inferior izquierdo, generalmente junto a la fórmula delin. (de delineavit, «dibujó»), mientras que el nombre del grabador, es decir, la persona que colocó la composición sobre una plancha para imprimirla, aparece a la derecha, de forma simétrica, junto a la fórmula sculps. (de sculpsit, «grabó»).

El modo en que se firmaba en el siglo XX era sobrio, por lo que permitía una identificación segura de la obra. Por lo general se limitaba al apellido, a veces acompañado del nombre de pila. No obstante, lo deseable es que una firma sea idéntica en todos los cuadros para que ninguna variación permita dudar de su autenticidad. Sin embargo, es bastante extraño que un pintor se limite a una única firma a lo largo de su producción artística. En el mejor de los casos, el aspecto de la firma caracteriza la producción de determinados años, de manera que, cuando no aparece ninguna fecha, se limita a ofrecer un indicio cronológico. Así, Picasso firmó como Pablo Ruiz Picasso o P. Ruiz Picasso sus primeras obras, hasta 1900-1901. A partir de entonces, y durante los períodos denominados azul y rosa, el artista firmó sólo como Picasso, a menudo con su nombre escrito ligeramente en diagonal y subrayado. En ocasiones, la fecha acompaña a la firma: pueden aparecer las cuatro cifras (1907 en Les demoiselles d’ Avignon) o bien las dos últimas. De modo excepcional, algún pintor adopta un original sistema de datación, como el artista francés Camille Saint-Jacques, quien, en vez de fechar sus obras con el año civil, lo hace con la sucesión de los años y los días en su cronología personal. Nació en 1957, y fecha un cuadro de 1991 con «XXXIV, 175».

Mucho menos frecuente es jugar con las palabras de la firma utilizándolas como provocación o acto de fe. En la década de 1980, en una serie de cuadros cuya temática era la mitología antigua, Jean-Michel Alberola firma «Acteon fecit» («Lo hizo Acteón»), una forma de evidenciar que el pintor, al igual que el cazador Acteón, quien sorprendió a Diana mientras se bañaba y por ello fue condenado a morir, es quien hace ver lo que el común de los mortales no sabe ver o no se atreve a ver.

Otro francés, Louis Cane, convirtió su firma en el motivo principal, así como en el tema de sus cuadros. En la década de 1970, en la época del movimiento Supports/Surfaces, se sirvió de un tampón para llenar sus composiciones con las palabras «Louis Cane artiste peintre» («Louis Cane artista pintor»), afirmación en pleno apogeo del movimiento maoísta, según la cual pintar es una profesión que no distingue al artista del artesano o del obrero.

Exceptuando estos casos particulares, sólo en técnicas más personales, es decir, el guache, la acuarela, el pastel, el dibujo o incluso la estampa —todas ellas obras sobre papel— se leen con frecuencia otras indicaciones a excepción del nombre y la fecha. Las firmas que aparecen en el reverso de un cuadro suelen ser más completas. En ocasiones, figura la estación del año o el mes y, con menor frecuencia, el día. En este sentido, es posible encontrar, por ejemplo, «París, invierno» (u otoño, verano…) en la parte posterior de diversos dibujos y pinturas de Picasso durante su período cubista. Estas referencias son muy valiosas para el estudio de la evolución de un estilo a lo largo de un año. Asimismo, en el reverso del cuadro, en ocasiones, el artista escribe el título que desea darle: con un pincel mojado en negro, el pintor Vincent Bioulès indicó sobre la tela virgen del reverso de una serie reciente: «BIOULES, Intérieur, fév. 98». Pierre Soulage , en cambio, ofrece información más detallada: en el reverso de una de sus telas (inferior y en la página 263) figura una indicación que sirve de ayuda para la exposición (una flecha en el eje vertical del bastidor que indica que esa parte debe situarse arriba, «HAUT»), una firma (SOULAGES), un título («titre: Peinture 63 cm × 102 cm») y una fecha exacta («7-12-1990»).

La firma… antes de la firma


Esta forma de firmar reducida a la mínima expresión empezó a ser común aproximadamente a comienzos del siglo XVII. En cuanto a la firma del artista medieval, esta fórmula era menos frecuente pero más visible, ya que éste incorporaba una inscripción entera en su honor, o incluso introducía su autorretrato en la obra. Así, en el siglo XII, en una página de un misal iluminada por el miniaturista bohemio Hildebert, éste se pintó sujetando los instrumentos propios de su oficio —el pincel y el cuenco con los colores. Además, encima de su cabeza aparecen las palabras «H. Pictor» («H[ildebert] pintor») —la obra se conserva en la Kungliga Biblioteket de Estocolmo.

En el siglo XV, esta forma de presentarse para ser admirado por los espectadores no había desaparecido. En un ciclo decorativo realizado en Perugia en 1496, Perugino, maestro de Rafael, colocó su retrato en un marco en trompe-l’oeil con una inscripción al pie: «Si el arte de la pintura había desaparecido, / Fue restituido. / Si no había sido inventado en ninguna parte, / Él lo creó». Pinturicchio actuó de modo similar cinco años más tarde en la iglesia de Santa Maria Maggiore de Spello, aunque sólo escribió su nombre bajo su retrato. Era más habitual entre los artistas pintarse dentro de sus obras sin indicarlo específicamente: se sospecha que ya Giotto aparecía entre los elegidos en el Juicio final de Padua (capilla Scrovegni o de la Arena, hacia 1305).

En el siglo siguiente se pudo reconocer a Andrea Mantegna cuando era joven en una Presentación en el templo que se conserva en Berlín y, posteriormente, a una edad más avanzada, en un fresco de la cámara de los Esposos del palacio ducal de Mantua. El florentino Sandro Botticelli, contemporáneo de Mantegna, introdujo su silueta en la Adoración de
los magos que se conserva en el Galería de los Uffizi de Florencia. La identificación de estos autorretratos constituye un juego divertido sugerido por el propio artista. Con frecuencia, la tradición evita cualquier tipo de esfuerzo al espectador: el recuerdo del retrato se conserva, ya que fue reconocido y comentado en vida del pintor.

Cuando éste no es el caso, la particularidad de un personaje en el seno de un grupo, con frecuencia permite sospechar de quién se trata: sus rasgos físicos revelan una singularidad excepcional, o la posición que adopta constituye una indicación suficiente —el medio perfil, por ejemplo, mirando al espectador, mientras que los demás aparecen de perfil. Incluso las firmas que, a nuestro juicio, son más sobrias —el patronímico acompañado o no de la fecha— en ocasiones adoptaron una forma extraordinaria en la Italia del siglo XV.

En una tabla que representa la Aparición de la Virgen a san Antón y a san Jorge (1445, Galería Nacional de Londres), Pisanello coloca su firma, PISANUS, en la parte inferior de la pintura: las letras góticas flamígeras que trazan la palabra poseen el color de los vegetales y se retuercen como si se tratara de briznas de hierba acariciadas por el viento, lo que hace que la lectura sea un jeroglífico de difícil comprensión. En los años siguientes, diversos artistas del norte de Italia escribieron su nombre en una pequeña tabla u hoja que parecía estar sobrepuesta a la composición; este objeto, denominado cartellino, era un trompe-l’oeil, el resultado de un tour de force ilusionista con que el pintor manifestaba su virtuosismo,precisamente en el lugar donde decidía colocar su nombre. Durante los siglos XV y XVI, el norte de Europa no se situó a la zaga en la invención de firmas que llamaran la atención. Uno de los ejemplos más conocidos es la inscripción de Jan Van Eyck en el pequeño retrato de Los esposos Arnolfini . En el centro del cuadro, en el fondo de la pieza y por encima de las manos unidas de los jóvenes esposos, se observa un espejo circular colgado de la pared. Éste refleja a Giovanni Arnolfini y a Giovanna Cenami de espaldas, además de otros dos personajes minúsculos situados de frente, uno vestido de azul y otro de rojo, junto al marco de la puerta. La inscripción de dos líneas situada en la parte superior del espejo reza: «Johannes de Eyck fuit hic. 1434» («Jan Van Eyck estuvo aquí», y la fecha). En este caso no se trata de una firma propiamente dicha, sino más bien de un testimonio, un protocolo visual que convierte la imagen (el retrato de los esposos) en un acto oficial que sirve de alegato.

Este artículo ha sido extraído del libro Leer la pintura, que ofrece esas respuestas y permite al lector penetrar en la intimidad de cada cuadro para acercarse al arte desde una nueva perspectiva. La obra se organiza alrededor de los seis grandes ejes que ayudan a comprender un cuadro. Desde su análisis como simple objeto que hay que datar y del que se deben desentrañar las características (materiales empleados, técnica, soporte…) hasta el estilo pictórico, pasando por el tema, la composición, el dibujo y el color, y el tratamiento de la figura humana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.