La venus del espejo acuchillada

La venus del espejo VelázquezPocas pinturas han sido tan abruptamente despojadas de su intimidad como La Venus del espejo, un desnudo insólito en la historia del arte español y en la obra de un artista austero y poco dado a la frivolidad, tan aparentemente frío en la manifestación de sus emociones, como fue Velázquez.

La Venus no es solo el primer desnudo femenino del arte español; es, además, el único existente hasta que más de un siglo después Goya se inspirara en ella para su Maja desnuda, pareja de su versión «vestida», posiblemente por encargo de Manuel Godoy, en cuyas manos se hallaba entonces la Venus velazqueña. Goya ya no se sirvió de ningún pretexto mitológico, tal vez porque captó, como su maestro, que ninguna diosa puede rivalizar en erotismo con el cuerpo desnudo de una mujer real, sobre todo si su identidad permanece indescifrable.

Como una gran diosa del misterio y la belleza, comparable solo a los más grandes mitos de la voluptuosidad y la sensualidad femeninas −desde la Venus por antonomasia, la de Milo, hasta las venus renacentistas, la Primavera, de Boticelli, la de Urbino, por Tiziano, u otros iconos de la feminidad nacidos de los pinceles de Rubens o del Giogione−, en realidad la Venus de Velázquez no es una diosa, no es voluptuosa ni aparece recargada de joyas: es sencillamente una mujer desnuda, que iba a marcar una nueva iconografía de la representación femenina en las Venus de Goya, Ingres o Manet. Desnudos femeninos emparentados con la diosa griega que descendieron al terreno mundano de la simple idealización de la imagen de la mujer.

Fruto de uno de los episodios más oscuros de la vida de Velázquez, la Venus perteneció desde su nacimiento a las alcobas privadas de varones, para ser gozada, visualmente, por sus sucesivos propietarios. Tras un periplo viajero ligado al expolio napoleónico, sufrir la clandestinidad y el ostracismo, la Venus llegó hace más de un siglo a su actual ubicación, para ser mostrada con orgullo como una de las obras más valiosas en uno de los templos del arte, la National Gallery de Londres. Hoy podemos contemplarla insignemente custodiada, entre el retrato de un rey (Felipe IV) y el de un arzobispo (Fernando Valdés). Esta puede ser la paradoja de la historia: tanto secretismo y ocultación, tanto escándalo y persecución, para acabar con tan ilustre escolta, entre los dos mayores baluartes del poder en su tiempo. Todo un símbolo de la rendición del varón ante los encantos femeninos. De espaldas al mundo, La Venus del espejo no se identifica por su rostro, anónimo, como por sus nalgas, sus caderas onduladas y su espalda turgente, sus carnes acarminadas, de tela tensada y retensada cien veces por sus conservadores, como una dama que se somete periódicamente a un lifting para soportar el paso del tiempo. El escándalo y la admiración han sido constantes en la azarosa vida de esta obra, que hoy nos puede parecer uno de los desnudos más castos de la historia del arte.

No es la única paradoja: un artista pinta a su amante, tal vez porque quiere retener en su memoria el aspecto más secreto de su vida privada, tal vez compartido con algunos varones de su círculo íntimo (de ahí pudo surgir el encargo de transformarla en diosa), y el destino la deja atrapada en el lienzo, a merced del tiempo, de todas las miradas.

Furor sufragista

National Gallery, Londres, 10 de marzo de 1914. Poco antes de las once de la mañana de ese martes, Mary Richardson atravesó con paso decidido el vestíbulo que conducía hasta la sala de Crivelli. Allí se exhibía, con gran expectación del público londinense, la Venus de Rokeby, obra del pintor español Diego Velázquez. Una impúdica mujer en cueros, que enseñaba el culo sin recato. La señorita Richardson era una mujer muy menuda; caminaba tan ligera que parecía deslizarse por las baldosas, más por la inercia de la voluntad −el puro nervio− Furor sufragista que por el impulso físico de sus imperceptibles pasos.

Vestía con gran recato, un amplio traje de chaqueta dos tallas grande, de color pardo,
abotonado hasta el cuello, y falda de interminable botonadura hasta el suelo, donde se
adivinaban sus bordes sucios de tanto arrastrarse y que la cubría hasta los pies, calzados con botines de cuero negro. Un foulard de lana colgando a ambos costados hasta las rodillas y un sombrero de fieltro con cinta marrón y un floripondio en tonos rosados completaban el atuendo, se diría que de uniforme de sufragista.

Debajo de tanta ropa resultaba imposible intuir ninguna forma femenina, ni tampoco el gran cuchillo de carnicero que llevaba oculto en un corpiño sin corchetes, bajo un blusón de una gasa muy poco blanca que podía vislumbrarse bajo su cuello de garganta fina y nuez prominente, casi como la de un varón, aun cuando su aspecto general emulara, más bien, el de un pajarillo emplumado. Con la resolución de quien está muy seguro de lo que ha de hacer, en este caso un acto vandálico que escandalizara a la sociedad hipócrita, masculina y prepotente, Mary Richardson se plantó en un pispás delante de la Venus y se sonrojó levemente al ver tan al descubierto sus rosadas posaderas, más propias de una criada que de una diosa, de una ramera que de una dama. Identificó en ella las curvas de la espalda y las caderas redondeadas que ya conocía por la reproducción de The Times, pero contemplada in situ le pareció que, no obstante la obscenidad, era indudable que este cuadro era en algo diferente, tenía un halo de belleza mediterránea, que emanaba de la inocencia de una pobre mujer sometida y tal vez ultrajada por un millón de ojos. No por ello, sin embargo, habría de temblarle el pulso y dejar de infligir un escarmiento público, como estaba planeado, pues no se trataba de castigar a la mujer sometida, sino al macho dominante que la usaba como un objeto.

Mientras se ponía lentamente los guantes, observó que no estaba sola en la sala, aunque tampoco había el numeroso público que la pieza solía congregar. Al entrar se había cruzado con un guarda torpe y grande como un armario y dos caballeros más salían, regodeándose aún de la visión pecaminosa del cuadro, que seguramente comentaban a juzgar por sus estúpidas sonrisas bobaliconas. Una mujer regordeta, al fondo, vigilaba la sala sentada en una silla, entre bostezos, seguramente adormecida por el aburrimiento, inanimada como una estatua que ha perdido la mirada, que se le ha caído al suelo. No había impedimento alguno, pues. Mary Richardson dispuso de la calma necesaria para introducir su mano entre los botones, subir la blusa, ganar el corpiño, incluso rascarse un poco las carnes entre las costillas y extraer el cuchillo de hoja fina, que sostuvo un instante bajo el foulard. La señora de vigilancia seguía in albis, en su musaraña. Mary Richardson tomó aire y se dijo: «Vamos a ello». Y la emprendió a cuchilladas con el lienzo.

venus espejo acuchilladaAl primer golpe, que apuntó al cuello de la Venus, se rompió el cristal que protegía la pintura y se produjo un estrépito. Al instante precipitó los siguientes cuchillazos furibundos, que hicieron diana indiscriminadamente en la espalda y en las nalgas, con cristales rotos salpicando a cada envite. Incluso le habrían producido cortes a la agresora de no ir enguantada y tan bien parapetada en su armadura de ropajes gruesos y lanas escocesas. Se oyeron gritos. Hasta siete cuchilladas descargó, y aún hubieran sido más si en la escena no hubiesen reaparecido los dos hombres que acababan de salir, además de un policía que la sujetaba ya del brazo, sin que ella opusiera resistencia alguna. El atentado había sido perpetrado. La Venus había quedado como un Cristo. Ahora quedaba solo entregarse y soltar la soflama.

Mary Richardson era de sobra conocida por sus acciones militantes a favor de la causa sufragista, que ya en alguna ocasión habían dado con sus huesos en la cárcel; parecía orgullosa de lo hecho, como quien ha llevado a cabo un acto heroico; por eso se mostraba dócil pero altiva mientras todos la señalaban. Cuando los policías la sacaron a la calle por la puerta principal de la National Gallery para conducirla a comisaría, la noticia ya había corrido por los mentideros y no faltaron los fotógrafos al pie de la escalinata, que dejaron testimonio de lo sRobos, expolios y otras anécdotas del arte viajero - Larousse Editorialucedido en Londres aquella mañana débilmente soleada. Conducida a la oficina de inspectores, la señorita Richardson dijo al oficial que la interrogaba, un tal Mr. Hopkins: «Sí, soy una sufragista.

El texto de este artículo ha sido extraído del libro Robos, expolios y otras anécdotas del arte viajero de Federico García Serrano.

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