Leonardo da Vinci: el hombre universal

Para comprender la posición de Leonardo da Vinci frente a la extensión infinita del conocimiento, para entender el carácter universal de su curiosidad, lo mejor es, quizás, darle la palabra. En el preámbulo a sus «Cuadernos», fechado el 22 de marzo de 1508, explica así su visión: «El deseo de saber es natural en los hombres buenos».

Leonardo da Vinci es consciente de sus limitaciones. Sabe, por ejemplo, que sus adversarios no desaprovecharán las ocasiones de reprocharle su escaso bagaje universitario, de mofarse de su gran cantidad de intereses, de burlarse de su pretensión de contradecir a los sabios que se han dedicado antes que él a diversos temas. Asimismo, deja clara su llegada tardía (con respecto a la historia) al mundo de la ciencia en un discurso tan humilde como sincero: «Percatándome de que no puedo elegir un asunto de gran utilidad o de gran encanto, porque los hombres que han venido antes de mí han tomado para sí todos los temas útiles y necesarios, haré como el que, siendo pobre, llegó último a la feria: no pudiendo procurarse otras mercancías, tomó todas aquellas que habían sido ya vistas y que no habían sido compradas, sino que fueron rehusadas por su poco valor. Esa mercancía desdeñada por la multitud de los compradores la cargaré en mi modesto bagaje, y la distribuiré, no en las grandes ciudades sino en las pobres aldeas, tomando al precio que valen las cosas que ofrezco».

La experiencia, fuente de verdad

Pero no hay que engañarse por la humildad de Leonardo da Vinci. Si bien es consciente de sus limitaciones, no deja lugar a dudas sobre la validez de las conclusiones que extrae de la experiencia, que considera única fuente de verdad. Además, anticipándose a sus detractores, les responde con severidad: «Estoy seguro de que, por no ser yo una persona con formación literaria, alguien presuntuoso considerará razonable poderme criticar bajo el pretexto de que soy un hombre iletrado. ¡Gente necia! No saben que, como Mario a los patricios romanos, yo podría responderles: «Aquellos que se adornan del trabajo de otro no quieren dejarme el fruto de mi trabajo». Dirán que por no tener yo una educación literaria no seré capaz de exponer lo que quiero tratar. Pues bien, no saben estos que mis objetos de estudio requieren ser tratados más a partir de la experimentación que de las palabras de otros. La maestra de quien escribe cosas válidas es la experimentación y, en consecuencia, yo la consideraré mi maestra y en todos los casos a ella me remitiré». Tales afirmaciones no estaban exentas de riesgo en aquella época, si los resultados de la experiencia, «única maestra», iban en contra del saber oficial difundido por la Iglesia y la Universidad. De nuevo, Leonardo responde a las críticas infundadas: «Muchos pensarán que tienen motivo para censurarme, diciendo que mis pruebas contradicen la autoridad de ciertos hombres tenidos en gran estima por sus inexpeimentadas teorías, sin considerar que mis obras son el resultado de la experiencia simple y llana, que es la verdadera maestra».

«Paisaje del valle del Arno», primer dibujo conocido de Leonardo da Vinci, 1473. 

De la observación a la reflexión

Para los especialistas en Leonardo da Vinci, la discreción del artista durante los años 1474-1478 sigue siendo un misterio. Había llegado a la edad adulta, ya gozaba de prestigio y estaba bien relacionado, y sin embargo, no ha quedado ningún rastro de su actividad a lo largo de esos cinco años. Dividido entre su fascinación por la astronomía, la anatomía, la geografía, la física y la mecánica, Leonardo tal vez duda de su vocación artística única.

En todo caso, su curiosidad sigue siendo insaciable. Todo lo apasiona y lo intriga. Muy pronto reflexionó sobre la presencia de los fósiles que encontraba durante sus paseos. Rechazando la interpretación bíblica del diluvio universal, pensó en los grandes movimientos de las eras geológicas, en los que los océanos habrían cubierto la tierra y luego la habrían dejado nuevamente al descubierto. Sin llegar a sugerir algo como que intuyó la deriva continental, hay que reconocer que, una vez más, la extraordinaria exigencia de su curiosidad lo llevó a avanzar conclusiones premonitorias.

Ocurre otro tanto con la botánica: al intuir la existencia de la savia en las plantas, la lógica del crecimiento de las hojas y la relación entre el número de circunferencias concéntricas de los troncos y la edad de los árboles cortados, anticipó, a veces con varios siglos de adelanto, descubrimientos científicos que nunca tuvo forma de demostrar.

Este texto es un fragmento del libro Leonardo da Vinci. El genio visionario.

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