Pero, sus problemas, ¿lo son «de verdad»?

Es viernes. Tu hijo adolescente lleva una semana dando la vara con la noche de hoy, en que ha planeado ir con amigos a la discoteca. Pero llueve a mares, no hay visos de que escampe y acabáis prohibiéndole salir. Se pone como una furia y, entre exabruptos, os recrimina que no atendéis en absoluto sus necesidades y deseos reales; es más, que no consideráis que sus problemas lo sean «de verdad».

Vale, tratemos de calmarnos. No hay más que hablar sobre esta noche, vuestra decisión es firme. Al final, vuestro hijo desiste, no sin dejar una última muestra de su cabreo monumental cerrando su habitación de un portazo. Entre tanto, el súbito dolor de cabeza que os ha sobrevenid arruina vuestra noche del viernes: mañana será otro día. Y os despertáis el sábado barruntando a ver si lo que os dijo sobre el modo en que os tomáis sus «problemas» e inquietudes no tendrá algún fundamento…

QUÉ SABEMOS de los problemas de los adolescentes


Durante la adolescencia desaparecen la comodidad y la seguridad de la infancia, cuyos problemas requieren una solución «fácil», y los chavales se adentran no solo en los cambios progresivos y profundos de su organismo, sino —lo que resulta igualmente determinante— en entornos sociales nuevos que generarán no pocos retos a los que enfrentarse y plantearán problemas hasta entonces desconocidos. Esta vez, sin soluciones «fáciles», o no exentas de nuevos aprendizajes, ni para ellos, ni para nosotros. Y ahora viene lo bueno: que tu adolescente se comporte o reaccione de una u otra forma —sin obviar el componente hereditario o genético— dependerá en buena medida de cómo reacciones tú. Ante situaciones nuevas, estamos faltos de palabras y conductas para afrontarlas.

Así pues, los cambios en su cuerpo y en la imagen que de sí mismos tienen —que no es otra que la que los demás proyectamos en ellos—, junto a los ensayos de conductas sociales nuevas, hasta ahora más o menos desconocidas, esperadas o imaginadas, suponen la salida de la infancia y comportan nuevas sensaciones, ritmos de vida y exigencias, que el recién estrenado adolescente va a vivir de diferente modo, pero, en todos los casos, en función de las respuestas que, como padres, les demos.

Y, vayamos concienciándonos: las vivencias de estos cambios en su organismo y en su entorno, y el modo en que procesen e integren en su marco mental estas vivencias van a condicionar, orientar o incluso marcar su manera, presente y futura, de entender el mundo y actuar sobre él. No en vano, de adultos somos, en gran medida, lo que fuimos en la adolescencia, y si vamos más atrás, en esta queda lo mejor y lo peor de lo que fuimos en la infancia. Por tanto, conocer lo que pasa en la adolescencia es importante, definitorio, pero aún lo es más saber qué debemos hacer con lo que pasa. De cómo interpretemos la realidad va a depender cómo la vivamos.

Centrándonos en los problemas del adolescente, saber si estos son o no «de verdad» y, si así fueran, saber si nosotros realmente nos los tomamos en serio va a depender de varios factores: de la frecuencia e intensidad con que aparezcan esos problemas, de nuestra capacidad intuitiva y empática general, del grado de atención que prestemos al momento vital por el que atraviesa el adolescente, de nuestra cercanía y disponibilidad en ese momento, y del tipo de padres que queremos ser y que acabamos siendo.

Si somos capaces de contextualizar —es decir, de observar tanto la parte como el todo, porque pensamos que «el todo es algo más que la suma de las partes»1 — y de empatizar —esto es, de intentar entender sus razones y emociones—, es posible que empecemos a despejar variables y lleguemos a desvelar cuándo los problemas son «de verdad» y cuándo son meras expresiones propias de la etapa por la que está atravesando.

Por ejemplo, no es igual el «problema» de prohibirle salir anoche a la discoteca —so pena de pillar un buen resfriado— , que puede darse, con variantes, hacia los 15 años, que desafiarte con un «Estoy hasta los *#!? de que me controles», problema frecuente a los 17 años, y que puede ser serio si lleva arrastrándose desde los 12. Para el adolescente, eso sí, ambos son problemas reales. Para nosotros, en todo caso, son oportunidades para enseñarles a dimensionar el alcance real de cada problema y para que obtengan algún aprendizaje de ellos (por ejemplo, a poner nombre a sus sentimientos y emociones).

Cabe suponer que a los 15 años nuestro adolescente ya ha tenido alguna experiencia de salida nocturna sin vuestra tutela —sea con el colegio o instituto, o con otros adultos supervisores—, para estar con los amigos experimentando y poniendo a prueba sus recién estrenadas habilidades y capacidades de autoprotección. Por tanto, será un problema «de mentira» si una noche, si esta noche, por la tormenta u otro motivo, no sale. No puede salir, punto. Se cabrea, sí, pero sabe que tendrá otras oportunidades para hacerlo, porque ya lo ha hecho antes. El problema, pues, no sería impedir que salga esta noche, sino no haberle dejado salir ninguna, ni antes ni ahora. Entonces, sí, se avecinan problemas. Pero no es el caso, ¿verdad?

QUÉ PODEMOS HACER


Las respuestas que damos a los adolescentes suelen basarse en lo que podríamos llamar «filosofía del todo a cien». Vivimos en la era de lo rápido y sintético, y en consonancia nuestras respuestas también son rápidas, improvisadas, superfluas; respuestas que no atienden la realidad concreta o la perspectiva vital del adolescente. Y entablamos así un diálogo de sordos.
Olvidamos con frecuencia, en el día a día con nuestros adolescentes, dar respuestas sustentadas en la reflexión y la evocación de nuestra propia adolescencia. ¡Claro que son problemas reales! Tan reales como los que puedas tener tú. Lo que pasa es que su percepción de la realidad no está sujeta a nuestra lógica de adulto, ni su tiempo ni su espacio son como los nuestros; su sensibilidad está a flor de piel, no está curtida. Son cándidos e
inseguros, y con frecuencia nos olvidamos de su condición adolescente, de las debilidades e inseguridades que el abandono de la infancia les suponen.

Como referentes suyos que seguimos siendo, debemos empatizar con sus miedos y angustias, con sus experimentaciones, aciertos y errores. Problemas que para nosotros resultan triviales revisten para ellos significados vitales, determinantes. No deberíamos perder de vista que a menudo las cosas importantes son las que menos lo parecen. Y todo lo anterior con un añadido: son problemas de aquí y ahora, de todo o nada, de siempre o nunca, valoraciones extremas que trataremos más adelante. También pasa que minusvaloramos sus problemas porque no sabemos escuchar adecuadamente o que, cuando ellos se deciden a hablar, o más dispuestos están a hacerlo, para nosotros no es el momento o no tenemos el ánimo en condiciones. Lástima, porque no es frecuente que abran su ventana y nos permitan mirar dentro. Con ello, sin proponérnoslo, reducimos su autoestima y limitamos la confianza que puedan tener en
nosotros.

A veces, y ante ciertos temas, nos puede la simple inexperiencia como padres de adolescentes; mientras que en otros casos se trata de un no querer saber por nuestra parte («ojos que no ven…»), porque nos desasosiegan los cambios que observamos y no sabemos qué hacer. Por ello, algunos padres prefieren mirar a otro lado, creerse que, «en el fondo, no será para tanto» y esperar a que escampe y «deje de tener problemas». Rápido, barato, casi sin esfuerzo: «Cuando seas padre, comerás huevos».

Pero, naturalmente, mucho peor aún es cuando no solo se minusvalora, sino que se maltrata directamente. «Te doy una hostia que te arranco la cabeza», escuché a un desgraciado padre maltratador. Estuve a punto de decirle: «Pégamela a mí valiente», pero me retuve, pues si nos hubiéramos liado tal vez hubiéramos acabado ante un juez explicando lo de la patria potestad y esas historias que muchas veces dejan en desamparo al menor ante semejantes energúmenos. Pobre chaval, ese sí tiene un problema «de verdad».

En realidad, cuando el chaval llega a la adolescencia, la mayor parte de los deberes ya tendrían que estar hechos. Si los procesos de vinculación y seguridad emocional se han establecido correctamente, los «problemas» durante este período se minimizarán. El adolescente será capaz de verbalizar sus emociones y sentimientos y de buscar el consejo de los padres cuando lo requiera. Ya sabemos que las figuras principales de vinculación durante la adolescencia son los iguales (amigos y compañeros, el grupo o los grupos), y los padres pasan a ser unos referentes secundarios en ese momento… pero solo de forma aparente. Si no la «derrochamos», todavía tenemos mucha ascendencia sobre ellos; no el «poder absoluto» de hace unos años, sino algo más frágil y sutil, pero efectivo. Sea como fuere, todos los adolescentes, incluso aquellos que han logrado desarrollar un apego seguro con los padres, siguen necesitando su apoyo incondicional para ir superando los nuevos retos de la etapa. Un apego seguro y positivo con tu hijo no va a evitar los rebotes y las dificultades, pero allanará el camino. A la adolescencia se llega (ellos y nosotros) con un bagaje determinado. That’s it.

Llegados, pues, a la adolescencia, lo que podemos hacer entonces los padres es empatizar y escuchar. Debemos ser perspicaces en la observación y valoración que hacemos de su realidad, dimensionarla correctamente; será entonces cuando podremos apreciar lo real, «la verdad», o no, de sus problemas. Empatizar es tu principal ejercicio como padre, pues te ayudará a comprender su vida y a actuar en consecuencia. Puede que no des importancia a un comentario o a una pregunta lanzada al vuelo en una conversación coral: no pasa nada, es normal; tampoco se trata ahora de obsesionarse y hacer de «hiperpadre» que filtra cada señal que parece enviarnos nuestro hijo.

La hipersensibilidad está asociada a la sobreprotección y es frecuente en muchos padres… y no suele facilitar las cosas. El otro extremo, es decir, el de soltarle a los 13 años que «ya comerá huevos cuando sea padre» o que ya podrá hacer lo que quiera con su vida y sus problemas a partir de los 18, tampoco ayuda en absoluto; de hecho, sus niveles de confianza en ti caerán en picado.

También pasa a veces que le quieres comentar lo que te parece un problema y no sabes cómo. Sea como fuere, en los pequeños gestos puede haber grandes revelaciones, y por ello tu actitud debe ser siempre la de la escucha activa. Ella te permitirá determinar el alcance real de un problema, si este es «de verdad» o no. Vale, y eso cómo se come: pues practicando.


Este artículo ha sido extraído del libro de Javier Valverde 40 marrones con hijos adolescentes y cómo afrontarlos con cariño.

40 marrones con hijos adolescentes - Larousse Editorial

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.