Sé que no debería, pero ¿puedes pasarme esa última porción de pastel?

Ese es el tipo de pensamiento levemente culpable que Freud describe como parte intrínseca del núcleo de nuestra vida diaria. Los deseos emergen, son juzgados, se establece un breve toma y daca interno de argumentos y, finalmente, decidimos qué hacer. Así, una y otra vez. Y la razón de ello, según Freud, es que la mente desarrolla tres procesos en conflicto: el Id (o Ello), el Ego (o Yo) y el Superego (o Superyó), de los que no hay escapatoria. Y ni siquiera somos conscientes de lo que hacen la mayor parte del tiempo, ¡pese a que guían todo lo que decimos y hacemos!

La teoría del psicoanálisis de Freud es una teoría enorme que lo abarca todo: no explica una sola cosa, como por qué tememos a las arañas, nos enamoramos, negamos nuestra inmortalidad o nos gustan las hamburguesas, sino que las explica todas. La ideó para describir con precisión cómo se estructura y funciona la mente, pese a la completa ausencia de herramientas científicas a mano para alcanzar tal propósito. Lo interesante es que muchos neurocientíficos actuales están volviendo a Freud para comprender qué ven en sus tecnologías exploratorias del cerebro (tecnologías con las que, dicho sea de paso, a él le hubiera gustado jugar, siendo neurobiólogo como era).

Pero, volviendo a la década de 1890, la única herramienta útil que Freud tenía entonces a mano para rebuscar en la mente era la hipnosis. Freud trabajaba con un doctor llamado Breuer, que había descubierto que los síntomas de las mujeres «histéricas» —tales como ataques de tos, ahogos o
parálisis de las extremidades— venían motivados por «escenas de sus vidas que les habían impresionado pero que habían olvidado». Breuer inducía a las mujeres a recordar hechos de su pasado que llevaban mucho tiempo enterrados, como medio para curar los síntomas de la histeria. Freud quedó asombrado al constatar que, de ese modo, muchas dolencias físicas de las mujeres en efecto desaparecían por completo.

Nace el psicoanálisis

Freud tomó esa idea y la desarrolló, inventando lo que acabaría conociéndose como «cura por el habla» o psicoanálisis. Partió de la idea de que gran parte de lo que circula por nuestras mentes nos resulta en realidad desconocido. La mayor parte del tiempo no sabemos en qué estamos pensando y menos aún por qué hacemos lo que hacemos. Incluso si podemos expresar con razones plausibles por qué elegimos tal pareja, trabajo o casa, en realidad no nos acercamos al meollo de la elección, según Freud. Los argumentos razonados están muy bien, pero no son más que una mera historia que el Ego ha tenido que aceptar: solo estamos escuchando el final de la conversación.

Las conversaciones sin fin que se dan en nuestra mente se desarrollan a tres bandas: entre el Id, el Ego y el Superego. Estos tres «interlocutores» aparecen durante la infancia, uno tras otro. El Id, dice Freud, es la mente con la que nacemos. En pocas palabras, es una máquina de querer cosas —quiere comer, beber, hacer sus necesidades, mantenerse a una temperatura confortable—; quiere y quiere, y su único objetivo es la satisfacción. Si no la alcanza, nos lo hace saber claramente; resulta difícil ignorar los berrinches de un bebé. Freud dijo que el Id se rige por el Principio del Placer: el Id quiere placer y gratificación, y los quiere ahora.

Muchos filósofos y psicólogos consideran el deseo ignorante e inflexible del bebé como una fase temporal. Freud, en cambio, creía que siempre sigue con nosotros, aunque, eso sí, a medida que el niño crece, se da cuenta de que todos sus deseos no pueden verse satisfechos: es decir, la realidad entra en acción. Esto lleva al desarrollo del Ego, que se basa en el principio de la realidad: abarca las realidades del mundo exterior y calcula cómo y cuándo pueden alcanzarse las necesidades del Id, o si, por el contrario, conviene ignorarlas.

Además de tener que acarrear con los efectos de la realidad, el Ego también debe prestar atención a una tercera sección de la mente infantil, el Superego, que se desarrolla en último lugar. Es la parte de la mente que interioriza las «normas» del mundo, dictadas primero por los padres y, más tarde, por otros miembros de la sociedad, como los maestros.

El proceso que se sigue es más o menos este: el Id quiere alimentarse con algo rico —pongamos por caso que quiere chocolate—. Así que te ves a ti mismo pensando en saborear una barrita de chocolate. «¿Estás loco?», exclama entonces el Superego. «¿No te das cuenta de que ya pesas más de la cuenta? No te cabe ninguno de tus vaqueros. ¡Nadie debería estar así de gordo! ¡Debería darte vergüenza!». El Ego se halla entre estas dos criaturas histéricas: una insistiendo en lo que quiere (en lo que quieres) y la otra despotricando por tener ese deseo. El Superego actúa como una conciencia, pero no se trata de un ser sabio y filosófico; de hecho, está tan cegado como el Id con sus deseos: el Superego interioriza las «normas» recibidas de los demás sin examinarlas antes, y estas por tanto actúan como una especie de programación de fondo que nos acompañará el resto de nuestras vidas, diciéndonos lo que deberíamos o no deberíamos estar haciendo.

El modo en que el Superego trata de que obedezcamos sus órdenes es recurriendo a una crítica acerada. El Ego intenta eludir sus ataques al tiempo que busca en el mundo exterior cuál es la verdadera realidad de la situación y cómo puede apaciguar al Id, bien ayudándole a aceptar la derrota o dándole lo que quiere. Así que puedes comerte el chocolate, sintiéndote culpable mientras lo haces debido al puñetero Superego, que continuará enviándote pensamientos incisivos; o, por el contrario, puedes resistir la tentación (con el Ego alineado junto al Superego) y sentirte superior (el Superego desatado), sin poder reprimir, no obstante, una cierta decepción procedente del Id, al ver rechazado su deseo).

A veces somos conscientes de estos conflictos internos, pero la mayoría de las veces, no, pues son procesados en el inconsciente. Freud dice que algunos de estos deseos que provienen del Id son tan inaceptables («¡Quiero tener sexo con ella!», «¡Voy a matar a ese tío!») que inmediatamente queremos deshacernos de ellos —para pretender que ni siquiera hemos llegado a tener tales pensamientos—. Así es como crecemos con un potente conjunto de mecanismos de defensa, encargados de apartar tales pensamientos de nuestras mentes y de ocultarlos a los demás. Estos mecanismos operan inconscientemente para evitar que sintamos una ansiedad excesiva acerca de nuestros pensamientos e impulsos, y lo hacen tan deprisa que ni tan siquiera somos conscientes de que esté pasando algo.

¿Qué haría freud...? Larousse

Este texto ha sido extraído del libro  ¿Qué haría Freud…? sobre cómo los grandes psicoterapeutas resolverían tus problemas cotidianos.

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